25 diciembre 2011
VIVIR UNIDOS PARA DAR FRUTO
Una buena historia que nos llama a la unidad, a ser familia. Hoy más que nunca que celebramos el nacimiento de Jesús y recordamos a su familia de manera especial. Felicidades.
Había una vez un árbol con enorme tronco y grandes ramas que brotaban de él, Con sus fuertes raíces, se hundía en el suelo y se agarraba fuertemente a las entrañas de la tierra.
Cuando soplaba el viento, el árbol se inclinaba y las ramas se torcían. El viento chocaba con sus sacudidas contra el árbol y parecía que iba a arrancar las ramas y que éstas iban a volar tras él. Hasta se podían oír, si se escuchaba bien, los gemidos y suspiros de las hojas, al ser abofeteadas por el viento.
Pasado el temporal, todo volvía a la calma. El árbol se levantaba otra vez como si nada hubiera sucedido y se mostraba feliz y contento, orgulloso de sus ramas, del follaje y de sus frutos grandes y maduros.
Todo iba muy bien hasta que un día una de las ramas se creyó mayor, capaz de ser feliz por sí misma, segura de poder ser más que su padre el árbol, sin necesidad de su ayuda, harta de ser sacudida continuamente por el viento, y de tener que hacer lo que el árbol le decía, se rebeló:
-¡No hay derecho! A mí siempre me toca recibir todas las bofetadas del viento. Siempre me toca perder las hojas cuando sopla fuerte. Además, siempre es el tronco quien recibe las felicitaciones y los saludos de las personas.
¡Claro!, él se agarra fuertemente al suelo con sus raíces y, como si nada. En cambio, yo... Hace frío... yo le abrigo con mis hojas. Hace calor y sol... yo cubro su cuerpo con mis hojas. Hace viento... yo tengo que inclinarme y soportar la envestida. Además, a mí siempre me cortan mis ramas cada otoño, me podan y me dejan desnuda ¡Qué vengüenza paso en el invierno! ¡Y qué frío cuando cae la nieve! Luego llegan la primavera y el verano. Y, cuando tengo los frutos, vienen los hombres y me arrancan mis hijos. Me los quitan y me los arrancan sin cuidado alguno.
¡Si al menos pidieran permiso! Siempre hablan del árbol nunca de mí. «Que si es un tronco muy alto, muy grande, muy resistente...» no necesito el árbol para ser fuerte, no necesito la comunidad para ser feliz, no necesito a Dios para saber quién soy, quiero separarme del árbol y hacer mi propia vida ¡¡Se acabó!! - Y, un día de fuerte ventolera, aprovechó un bufido del viento para darse un estirón y ¡zas!, se desgajó del árbol. ¡Ay, que feliz se sentía! Al fin era libre. Era ella, sólo ella. ¡Cómo reía, al notar triste al árbol y verlo llorar!
De la herida producida al desgajarse la rama, al árbol le caían unas lágrimas silenciosas ¡Y cómo se reía la rama! Hasta que, de repente, se dio cuenta de que le faltaba la respiración. Quería respirar y no podía. Se dio cuenta de que las hojas se volvían amarillas, se arrugaban y caían muertas y podridas. También sus frutos se estaban secando y pudriendo. Y notó cómo, sin estar unida al tronco, no valía para nada, no tenía vida.
Entonces quiso llorar, pero no pudo: no le quedaba ninguna lágrima. Se había secado y ya no era ni una rama.
Gracias, Dios,
porque nos haces comunidad de hermanos.
Gracias por el grupo y la comunidad
Que nos marca el camino y nos da la fuerza para avanzar
Gracias por cada amigo y compañero en particular,
que es para nosotros un regalo gratuito
una posibilidad para encontrarte y amarte.
Gracias porque, cada dia te empeñas en salvarnos juntos,
y no nos quieres ni héroes, ni originales. ni líderes, ni dirigentes,
sino que nos quieres HERMANOS, en comunidad
Gracias, Padre, porque tu Presencia
no la encontramos en el "huracán" de las acciones,
de los planes, de los programas,
de la eficacia, de los resultados, de la estadística,
y poco a poco la vamos descubriendo en la "suave brisa" de la fraternidad
-con sus momentos buenos y menos buenos-
en la oración en común,
en los gestos sencillos que hacen construir cada día la comunidad.
Gracias, Padre,
porque nos enseñas que el Mundo Nuevo que todos queremos
comienza en esta humilde fraternidad
que, cada día. con tu ayuda queremos construir,
donde el amor, el servicio y la cercanía a los más pobres
son ya signos de tu amor.
Gracias, porque eres nuestro Padre.
Gracias, porque nos haces HERMANOS.
Etiquetas:
Familia,
Navidad,
Unidad cristianos
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